12.12.05

CAPÍTULO 17, Los intrusos - DANIEL

Hospital de San Pedro
Informe de hospitalización

A requerimiento de la Junta Directiva, redactamos el siguiente informe en relación a los hechos acaecidos en la habitación número 223 en el día de ayer.
A primera hora de la mañana, una enfermera entró en la habitación y encontró a una mujer desnuda en la cama del paciente. Aunque le recriminó su acción, se limitó a indicarle que no era costumbre que las esposas de los enfermos durmieran con ellos. Poco después, en la sala de máquinas, mientras tomaba un café con sus compañeros, la enfermera comentó lo sucedido. El Jefe de Planta, que se hallaba entre los oyentes de tan chusca anécdota, enseguida, y con la agudeza tan habitual en él, sospechó que algo no encajaba. Dejó su café a medio tomar, se despidió con una excusa al vuelo y se encaminó con paso apresurado, como quien se dirige a una autopsia, a los archivos de Ingresos. Y efectivamente, sus sospechas se vieron confirmadas: el paciente no tenía esposa.
No queriendo provocar un escándalo público que sin duda habría perjudicado a nuestro querido hospital de San Pedro, el Jefe de Planta se dirigió al cuarto de Videovigilancia, en esta ocasión a paso lento, como quien se dirige a su butaca en un concierto que ya ha empezado. Una vez allí, activó las cámaras de la habitación 223. Le preocupaba que el encendido de las mismas pudiera despertar sospechas a los ocupantes de la habitación, pero constató aliviado, en cuanto le llegó el sonido, que el canto enloquecido de un pajáro al que identificó como un mirlo sin duda había ocultado el ruido de las cámaras.
Enseguida vio a la mujer mencionada por la enfermera y pudo darse cuenta de que aquella había olvidado mencionar el detalle de su belleza. Y mientras admiraba aquel cuerpo delgado y sensual, los acontecimientos se precipitaron: la puerta se abrió, unos geranios rojos entraron en el campo visual, el mirlo gritó con más fuerza, la mujer se levantó de la butaca, entró un hombre, se sucedieron diversas exclamaciones: “¡Celeste!”, “¡Soy yo Carlos!”, un gemido de la mujer, una sábana verde que cae, un abrazo, dos cuerpos que se buscan y se encuentran... Acontecimientos, en definitiva que es recomendable ver en el vídeo que se facilita junto a este informe.
Pasaremos también rápidamente por los sucesos que acaecieron a continuación; baste con decir que uno tras otro cayeron al menos un total de ocho besos, según pudo contar el Jefe de Planta gracias a sus conocimientos matemáticos. Pero es de notar que, a la altura del quinto beso, cuando las manos del intruso se deslizaban entre los muslos de la intrusa, el Jefe de Planta pudo observar que se producía una reacción en el enfermo y su corazón se aceleraba. Lo que es más extraño: el intruso también advirtió este hecho y redobló sus esfuerzos, recolocando al mismo tiempo a la intrusa, de tal modo que las nalgas de la susodicha entraran en el campo visual del enfermo.
Lamentablemente, el Equipo de Mantenimiento no había reparado la cámara 3 (enfocada sobre el paciente) y el Jefe de Planta no pudo observar si el enfermo tenía los ojos abiertos.
Dos besos más tarde, la intrusa tomó parte decididamente en la acción y se dispuso a desabrochar el pantalón del intruso. Sin duda, algo encontró allí que no le gustó, pues exclamó en un tono de reproche e indignación: “¡Tú!”.
El hombre se apartó, o quizá la mujer le empujó, y el Jefe de Planta pudo por fin admirar su cuerpo desnudo en un frontal impresionante, que, sin embargo, no le distrajo de su misión, y continuó observando los hechos con atención. El intruso, sin duda frustrado, se sentó en el borde de la cama y la intrusa comenzó a vestirse. Tuvo lugar entonces un diálogo o casi monólogo de la intrusa muy confuso, del que el Jefe de Planta sólo pudo entresacar algunas palabras, a la espera de que el Comité también intente decodificar la grabación, lo que resulta bastante difícil debido al dichoso mirlo que parece haber puesto su nido en nuestro querido Hospital.
De todo aquello se puede reproducir: “¿Tú? ¿tú?, ¿tú?” (repetido muchas veces); ¿por qué?, “asesino”, “ahora que....” “era tan feliz...”, “todo vuelve a ser tan confuso...”, “no, no, no...” (también repetido muchas veces).
En un momento dado el intruso se levantó y se acercó a la intrusa, que retrocedió hasta chocar con la pared, con tan buena fortuna que los dos quedaron apenas a unos centímetros de nuestras cámaras y micrófonos de videovigilancia. Eso permitió al Jefe de Planta escuchar con nitidez el siguiente diálogo:
El intruso: “¿Por qué huyes de mí?”
La intrusa: “Porque tú no eres ya el hombre al que amaba, sino un asesino”.
El intruso: “¿Llamas asesino a quien te ha salvado la vida?”
La intrusa: “No te creo, intentas confundirme”.
Entonces el intruso se alejó, pero poco después volvió a entrar en el campo visual, llevando ahora una maleta negra. La dejó encima de la cama y dijo en un tono ciertamente despectivo y ofensivo, como el de alguien que se siente herido por la falta de confianza: “¿Por qué no abres la maleta?”.
Y en ese momento, como era previsible, dada la imprevisión de ciertos Departamentos de nuestro querido Hospital de San Pedro, se acabaron las baterías del sistema de videovigilancia y el Jefe de Planta se quedó con las ganas de saber si la mujer abriría la maleta y qué encontraría en ella. Tan sólo pudo ver, como última imagen, que el hombre salía de la habitación y la mujer se quedaba allí sola con la maleta y con el paciente, cuyo ritmo cardiaco, por cierto, estaba en aquel momento al borde del colapso.

Firmado: el Jefe de Planta
Escrito por Daniel Tubau

5.12.05

CAPÍTULO 16, Ocho besos - Max de Sastre


Celeste, dijo Carlos. Y besó su mejilla rozándola apenas. Cuánto te he extrañado, Celeste. La estrechó con fuerza y suspiró profundamente. Era él. El primo de Andrés. Había olvidado el detalle. Qué caprichos tiene la memoria. Él había sido su amor adolescente. El primo que quedó huérfano y fue a vivir un año a casa de la familia de Andrés. Celeste... Ella le abrazaba y sentía la fuerza que su cuerpo adolescente le había prometido. Era él. Carlos acariciaba su espalda desnuda y la estrechaba con determinación. Apenas habían tenido tiempo de verse. Se habían abrazado nada más reconocerse y ahora Celeste sólo podía ver el hombro de una chaqueta y el cuello de Carlos. Celeste se sentía terriblemente confusa. Su desnudez y el tacto de aquella ropa dura que vestía Carlos la desconcertaban. Todo su cuerpo expuesto a aquella dureza. Celeste, no sabes cuánto he soñado contigo... Y yo..., yo te he buscado tanto, Carlos... pero... Las manos de Carlos subían por la espalda de Celeste mientras depositaba un segundo beso en su cuello. Celeste se estremeció y pasó una mano por detrás del cuello de Carlos. Los rizos duros de la nuca le produjeron un nuevo estremecimiento que la llevó a mirar los geranios rojos. Fue sólo un instante irracional, algo imperceptible. Carlos seguía acariciando su espalda de un modo cada vez más crispado, pero el tercer beso, junto al oído de Celeste, fue tan dulce que disipó aquella sombra tosca. Las manos de Carlos buscaron la cintura de Celeste y la rodearon con una fruición creciente. El cuarto beso de Carlos ya empezaba a tener intención. Y el mirlo chillaba enloquecido en el alfeizar de la ventana. Estrechando a Celeste casi desesperadamente, Carlos se apoyó ligeramente en la cama donde Andrés yacía inconsciente. En los escasos silencios del mirlo sonaba el zumbido eléctrico de los instrumentos que sostenían la vida de Andrés. Un zumbido débil que empezaba a ser tapado por la respiración agitada de Carlos y Celeste. En el quinto beso, Carlos volvió a la mejilla. Los rostros se estaban borrando bajo el torbellino del tacto. Pero aquel pelo de Carlos endurecido por la gomina... Una mano de Carlos se deslizaba dejando un dedo entre las nalgas de Celeste con una delicadeza tan sorprendente como la tosquedad de hacía unos instantes. En el sexto beso Carlos buscaba ya la comisura de los labios. Celeste miraba los geranios encendidos. Sus manos bajaron por la chaqueta despacio, algo en la cintura de Carlos le daba miedo. Celeste, Celeste, cuánto te he necesitado... Si hubieras estado conmigo... El mirlo chillaba en la ventana y la memoria de celeste hacía un torbellino que iba de sus dedos a los geranios. En el séptimo beso ya había labios de refilón. Carlos ya había olvidado el hospital y había olvidado a Andrés, por fin algo tenía sentido en su vida, a pesar del mirlo enloquecido. Las manos de Celeste llegaron a la cintura de Carlos. Este cinturón. Y los geranios. Y ese rostro entrevisto detrás de las flores rojas. Carlos besaba ya la boca de Celeste cuando las manos de ella llegaron desmalladas a su cadera enfundada en un pantalón de cuero y un escalofrío de pánico recorrió su cuerpo desnudo. Se sintió indefensa. Y por fin se miraron. ¡Tú!, dijo Celeste. Ahora ella lo sabía todo. Había sido él. Pero ¿por qué?

Escrito por Max de Sastre

2.12.05

CAPÍTULO 15, El primo Carlos - Ceshire


Sentada al borde de la butaca del Hospital de San Pedro y acurrucada bajo una manta verde, ella observa sin pestañear el cuerpo entubado de Andrés. Al observarlo así, lleno de agujas y plásticos; y ante la amenaza de que sea éste el perturbador preludio de su muerte; piensa que el amor que siente por él es un doloroso cáncer que le descabala el interior. Siente que no es justo que acabe todo ahora que conoce estas cosas. Ahora que sabe que no se recupera el pasado sin sacrificar el presente. Se siente culpable y llora. Se despereza de la butaca dejando caer la manta color verde a sus pies, agacha la cabeza, deshabitada de fuerzas, mira sus pies y recuerda a Mad. Se acerca a la cama donde descansa él y lo besa con un gesto triste. Luego toma sus manos inertes y se las pone en la cara, las pasea por su cuello, su pecho, su abdomen. -¿y si no despiertas?
¿qué? ¿y si no alcanzo a decirte? -En un instante que le parece eterno se quita una a una las prendas que la visten: primero la gabardina, luego la camisa, duda... pero cae la falda, y rueda por sus pies la ropa interior. Queda desnuda. -Conoce que te amo. -le dice mientras levanta la sábana que lo cubre y se enrosca a su lado como una antigua amante. Mientras siente que ha vivido esto antes, quizá en sueños, la mirada se le pierde en el paisaje de edificios detrás del ventanal de vidrio. Un hermoso atardecer anaranjado se cierne. Ella toma la mano de Andrés, la pone en su pecho y sin sospechar siquiera, se queda dormida.

***
Un mirlo se posa en el alfeizar de la ventana, levanta el pico graciosamente y comienza a cantar dulcemente. Ella despierta, mira el reloj, nota que ha amanecido. Asustada ve que una enfermera joven coloca algo en el suero de Andrés.
-No se supone que las esposas duerman en la misma cama que los pacientes.
Ella aprieta la sábana contra su pecho, quiere disculparse, decirle a la enfermera que ella no es la esposa, lo piensa mejor, qué decir, abre la boca, comienza a balbucear algo...
-Por hoy me haré de la vista larga, la corta la joven de blanco, y sin esperar respuesta se aleja cerrando la puerta tras de sí.
Ella se siente estúpida.

El mirlo continúa cantando, ahora con más ímpetu. Ella lo mira desafiante. Ahora piensa que los animales totémicos son mensajeros oscuros... -chú, vete, chú - le grita desde la cama tratando de asustarlo. El mirlo detiene su canto con dignidad, da varios saltos hacia al frente y le devuelve la provocación observándola fijamente. Por un segundo ella siente que es una con el mirlo, que se le ha metido el animal por dentro, y que desde adentro el mirlo quiere organizarle el pensamiento, mostrarle algo. Aturdida, se levanta de la cama, cierra la ventana y deja desparramar la cortina para no ver el pájaro. Al otro lado, retador, el mirlo continúa cantando, ahora sí, de mala forma. Ella lo ignora y cierra los ojos un instante tratando de recordar el rostro del criminal que acuchillara a Andrés. Había estado tan nerviosa durante el atraco, y todo había sucedido tan rápido que de aquél hombre ahora sólo recuerda una cosa: vestía pantalones de cuero negro.

-Es todo mi culpa... -murmura y se tumba desnuda en la butaca acariciándose los brazos, abstraída. Comienza a recoger del suelo su ropa y reflexiona en voz alta: -Para empezar, jamás debí escribir aquello de: busco hombre que vista de negro y arranque la vida en un abrazo. El destino me jugó una mala pasada; hallé exactamente lo que pedí encontrar, un hombre que me arrancó la vida de Andrés en un abrazo...

El mirlo deja de cantar y comienza a emitir chillidos histéricos. Ella se levanta de la butaca dispuesta a hacer callar al animal. Un hombre cuyo rostro queda oculto detrás de un arreglo de geranios rojos entra a la habitación como un bólido, ella se cubre como mejor puede con la manta verde. El hombre pone los geranios a un lado de la pieza y se derrumba junto Andrés llorando. Ella suelta un gemido de asombro al reconocerlo.
-Celeste -exclama el hombre al verla.
Pero ella no responde.
-Soy yo Carlos -continúa, mientras se acerca a ella. -el primo de Andrés -se explica.
Y le da un abrazo tan fuerte que ella no tiene otro remedio que dejarse abrazar, entregada y mansa como lo hacía en su sueño. Confundida atina a desordenarle el cabello tratando de conmemorar juegos infantiles. Le impide la laca en el pelo, la amenaza un recuerdo, un escalofrio la recorre, fuera el mirlo continúa chillando. Quiere decirle a Carlos que lo fue a buscar a la Calle Poniente, que pensó que lo había encontrado en Andrés pero las palabras la abandonan y no es capaz de decir nada.
-Cuanto te extrañé.... oye susurrar a Carlos.

Su sueño se ha cumplido.


Escrito por Ceshire

30.11.05

CAPÍTULO 14, En el que ocurre lo que ocurre y los actores se refugian detrás de un biombo - Pedro (Glup)




Prólogo.
Veamos ¿qué tenemos aquí?.
Hay una maleta negra pegada a la pierna de un hombre con un abrigo negro sentado en una terraza gris donde llueven palomas, rutinas y esperanzas a punto de extinguirse. Cómo ha llegado a este lugar lo han contado ya.
Hay una mujer con una gabardina roja que viene recién peinada de amor y que se busca en ese al que busca. Su insistencia en esta actividad tan pesada también la han contado.
Luego están los lectores que conocen la historia, los que no y los que esperan su continuidad. Prescindiré de los de en medio y me centraré en los otros dos grupos.
Bien, estáis de suerte ya que estuve allí, lo vi todo, puedo contar cada detalle. Atentos, empiezo.

Parte 1.
Plano desde arriba. La plaza Mayor casi vacía. Gritos de niños invisibles. Zureo de palomas. Las mesas perfectamente alineadas sobre las baldosas ajedrecísticas. Dos camareras aburridas, sin clientes. Un limpiabotas canturrea, ebrio de cazalla y soledad. El hombre del abrigo negro acerca más la maleta a su pierna, con la otra mano revuelve un café con leche que se enfría sobre la mesa gris. Cruza un ciclista montado sobre dos ruedas en su afán de perseguir su propia juventud. Una florista deja una estela de azucenas y desaparece por una esquina. Los gorriones alborotan las cornisas. Una anciana sacude una alfombra por la ventana, llora, a chorros. Un gato se aburre como un gato. Una mujer, sonámbula, con una gabardina roja, camina con lentitud y se dirige en línea recta hacia el hombre sentado. De los soportales ha salido un joven de pelo engominado y andares chulescos. Desde el ático miro todo esto, abrigado en mi sillón de jubilado, sin dinero ni ganas de pisar la calle, curioso por rutina, por falta de otra actividad mejor.


Parte 2.
La cámara baja despacio y atrapa la actividad creciente en la plaza Mayor. Un hombre de facciones orientales toca el violín frente a un pañuelo blanco huérfano de euros. La mujer de la gabardina roja aprieta el paso y los labios, mira al hombre del abrigo negro, algo dice entre dientes. El gato arquea el lomo, se despereza y maúlla. Las dos camareras parlotean mientras pasan un trapo por las sillas. El limpiabotas se limpia la nariz. Una anciana riega sus tiestos de geranios y camelias. El hombre del abrigo negro ha visto a la mujer, se levanta, sonríe. Un perro viejo ladra y provoca una desbandada de palomas. La mujer de rojo tiende los brazos hacia el hombre de negro. El joven del pelo engominado lleva una navaja en la mano derecha. Lo veo, me incorporo y grito. Por un instante, el hombre, la mujer y el joven forman un triángulo detenido en el tiempo. La navaja describe un semicírculo de plata en el aire y se clava en el pecho del hombre del abrigo negro; los gorriones vuelan; el del pelo con gomina se lleva la maleta; las camareras chillan; la mujer de la gabardina roja se arrodilla y mira al cielo; llamo a la policía; justo en ese momento entra en la plaza una excursión de jubilados que sigue a un guía enarbolando un paraguas de colores; varias decenas de niños irrumpen con sus juegos, carreras, chillidos y ansiedades en el periodo de descanso del colegio en los bajos de la casa; un cartero colgado de su gran cartera sigue su camino sin mirar la escena; se acercan las sirenas de los coches de policía; cierro la puerta del balcón y enciendo la televisión; esta ciudad cada día es más peligrosa.



Escrito por Pedro (Glup)

18.11.05

CAPÍTULO 13, Negro, rojo - Saf


-¡Tres días! Tres días lleva ese hombre, con la maleta pegada a la pierna, sentado en una de las mesas de fuera y sobando una pelotilla de papel entre los dedos. –Le dijo Margot a la nueva.- ¿Te creerás que ayer, cuando empezó a llover se movió del sitio?, pues no, ¡no lo hizo! Antes de abrir ya está aquí, de pié, esperando, y no más me ve encender las luces toma asiento y no vuelve a moverse hasta que oscurece y nos vamos.

-¡Hay gente pá tó! -Contesta la nueva mirándole con desconfianza, mientras apila unas tazas sucias en la bandeja.

Indiferente a la conversación de las camareras el hombre de l abrigo negro enciende un pitillo, pide otro café y mira fijo, a un punto indeterminado del otro lado de la plaza. Bajo sus tupidas pestañas, algo en la determinación de su mirada avisa de que se dejará morir ahí, negro sobre el gris de las mesas, gris de las palomas y de las losas húmedas del suelo, de los mármoles de la fachada del bar. Gris de un pasado perdido.

-=-

Hizo un gesto de fastidio ante el espejo, peinó una vez más su negro pelo tirando con disgusto el cepillo sobre la mesita, se subió las medias y miró a través del espejo al hombre dormido semioculto entre las sábanas. –Se acabó- se regañó bajito.
Dejó las llaves junto a la puerta y salió.

Rojo de su gabardina sobre la gris mañana, cruzó entre los coches. Sin saber bien por qué sintió una anticipación, una urgencia extraña, acuciante y aceleró el paso enfilando hacia el café de enfrente, bajo los soportales .

“Búscalo o déjate encontrar” –recordó como si de un fogonazo se tratara-..... déjate encontrar, déjate encontrar, se repitió mientras veía, en el mismo centro de la plaza un borrón infantil, negro y rojo, espantando las palomas.Sintió que se quedaba sin aire, que le faltaba el suelo y le temblaban las piernas y supo que no podría moverse..... al ver, al fondo y sobre gris, a aquel que poblaba sus sueños.
Escrito por Saf

13.11.05

CAPÍTULO 12, Manso y doméstico - La donna è mobile

El tren no parecía hacer grandes esfuerzos por llegar a su destino, al contrario, atravesaba como un manso la noche. Sus acompañantes dormían, inclinaban la cabeza sobre la mano abierta y con esa brevísima liturgia, admirables, conseguían convocar al sueño. Siempre le había asombrado esa capacidad de las personas para acomodarse al medio, para invocar la normalidad bajo cualquier circunstancia. Él era incapaz. La suya se rompía cuando sacaba un pie de su entorno, y así, le sentaban mal las comidas que hacía fuera, no podía pegar un ojo cuando le sacaban de su cama, le molestaban todos los ruidos, todas las luces y en resumen, no comprendía cómo había sido capaz de encomendarse a ese recorte. Lo estrujaba en el bolsillo, lo sacaba, lo leía, lo volvía a guardar, se inclinaba hacia delante, se desmadejaba, se volvía hacia atrás. No sabía como se le había ocurrido una locura como aquella. En cambio de su sorprendente lance brotaba copiosamente un valor por el que nadie habría apostado, y eso le agradaba, ¡cómo se quedarían ahora sus amigos si pudieran verle, tan decidido, tan capaz! Ahora, ahora tendrían que verle. Dejó caer, un momento se dijo, los ojos, guardó las manos en los bolsillos del gabán y volvió a su cálida y siempre confortable habitación, al sueño recurrente, aquel en el que ella acostada y desnuda le tendía los brazos, que eran su refugio, y le llamaba por lo que él comprendía que era su nombre mientras se revolvían entre sábanas tibias. Un cambio de vía sacudió el tren entero y se avivó con la certeza de estar haciendo lo correcto. Lo necesario. Ya voy.
Escrito por La donna è mobile

10.11.05

CAPÍTULO 11, Azul - Egonauta



La tarde ya se había escondido entre los montes sin esperanza de regreso. El sol no era más que un lejano recuerdo de días pasados. El empedrado desgastado de la calle Poniente parece escupir el reflejo de las bombillas que se balancean agónicamente en las pocas esquinas donde lograron sobrevivir a los tirachinas de los zagales del barrio. Un silencio sin ecos se ha adueñado de la calle desde hace rato. Solo el entrechocar de algunos cacharros en la taberna de Juan se atreve a interrumpir, de vez en cuando, las ondas del silencio. Repentinamente, la puerta de la taberna de Juan se entreabre entre chirridos de goznes que, quizás, nunca conocieron la grasa. La luz de la taberna ilumina por un momento la acera, antes de velarse por la presencia de Andrés que atraviesa el umbral y cierra la puerta tras de sí. Su andar inseguro, calle abajo, se va afirmando a medida que se aproxima a su casa de siempre. Un entrechocar nervioso de llaves precede a la apertura ruidosa y violenta del portón. Andrés, sin detenerse a cerrarlo, sube al desván donde, como un molino de viento en día de tormenta, aparta viejos cachivaches hasta encontrar lo que busca. Agarra la vieja maleta y, sin sacudir siquiera las telas de araña y el polvo de años que la cubren, baja a su dormitorio, allí, vacía a puñados los cajones de la cómoda, hasta que, en un completo desorden, colma el hambre de siglos de la maleta. Después, como si en ello le fuese la vida, recorre el camino que le separa de la estación a grandes zancadas, pasos ya olvidados en el ayer de los tiempos. Y ahora, sentado en el andén de la estación, guarda el billete recién adquirido en un bolsillo de su chaqueta, y arrebujándose en su viejo abrigo, se protege del frío levantando el cuello del gabán cuyo revés de negro intenso, contrasta con los tonos desteñidos, raídos y pardos del resto de la prenda. Mientras las espirales de vaho entrecortadas que salen de su boca van empañando sus gafas, y a lo lejos se oye el silbido agudo de un tren que rompe la noche al acercarse, saca del bolsillo el recorte arrancado con prisas del periódico de Juan el tabernero, se coloca de manera que la luz del reloj de la estación ilumine mejor sus manos, limpia sus gafas frotándolas contra la manga y, una y otra vez, lee y vuelve a leer:

“Mujer que se pinta las uñas de rojo, busca hombre que vista de negro, y arranque la vida en un abrazo”.

23.10.05

CAPÍTULO 10 - Mon

¿Para qué pedir, tontamente, un deseo? Nada ocurriría por fuera de las leyes del universo.La rueda de la vida que nunca se detiene.Caminamos creyendo que la senda elegida es recta y correcta, que a lo sumo se bifurca… por allí una rotonda, una ladera empinada, el cauce de un arroyo que nos obliga a saltar; tal vez un vacío y a retroceder.Pero lo cierto es que, de principio a fin, recorremos paisajes espiralados. Nada pertenece a un pasado definitivo; nada permanece definitivamente, nada sabemos sobre el final de la víspera.
Es mejor convivir con tanta incertidumbre que valerse de dudosas certezas.
Aún me sigo preguntando si aquellos recuerdos me pertenecen.
Creo que anoche bebí de más. Con los años se va perdiendo el desparpajo, ya no soy la niña que cruzaba la plaza comiéndose la vida. Ya no.Y esta mujer que de a ratos me enamora, que se mira al espejo repitiendo “es hora de olvidar”, mintiendo intenciones que no son “a prueba de agua”… ( otra vez los ojos enrojecidos amenazando correr el rimel…) esta mujer, yo, se despereza lentamente bajo sábanas azules que no huelen a violetas.Hoy huelen a pasión arrebatada, a calentura premeditada, a nalgas incendiadas. Me duele hasta el cuero cabelludo. Daniel es un buen amante para con todas sus amantes. Hay que reconocer ciertos detalles: no todo lo que suma enriquece.
Lo que no comprendo es el significado del sueño que interrumpió mi descanso:
Estoy en la cama… en una cama cualquiera… hacia la izquierda hay una puerta que se abre… comienza a entrar gente… trato de pasar desapercibida… soy consciente de mi olor a sexo, de mi pelo revuelto… no quiero que se acerquen… no quiero que lo adviertan… envuelvo mi cuerpo desnudo e intento encontrar una salida… pero él me ve… se acerca sin darme tiempo a nada… viste de negro, lleva una capa, no puedo vislumbrar su rostro… me abraza… me dice: “cuánto te extrañé…”
No sé quien es. Quien era.
Pero jamás me abrazaron así.

Juego con la idea de poner un aviso en el periódico:
“Mujer que se pinta las uñas de rojo, busca hombre que vista de negro, y arranque la vida en un abrazo”.

Escrito por Mon

CAPÍTULO 9 - Juan Pantano

Y así continuó, pintándose las uñas de los pies y luego de las manos. Y cuando todas ellas se hubieron secado les dio las gracias en voz baja y comenzó maquillarse la cara. Primero un perfil a la nariz para afilarla un poco, después colorete para cambiar el contorno a la cara siguiendo por un carmín rojo como la sangre del corazón para los labios. Los cabellos recogidos y tirados hacia atrás tanto que sentía las raíces pedir perdón por haberse enredado, configuraban el ovalo perfecto de su cara y las pestañas largas y negras como el carbón, rodeaban los ojos oscuros y penetrantes.
Se observó durante quince minutos en el espejo sin reconocerse. Desnuda pero valiente. Decidida a no dejar ni un cabo suelto. Le pregunto a su imagen reflejada por su nombre y ésta le respondió con una mirada capaz de incendiar un pedazo de tela mojada. Se miro y se enamoro de la mujer que veía. De esa perfecta desconocida que la invitaba a romper con todo lo pasado, que la empujaba hacia delante, a encontrarse con su futuro sin miedo al fracaso. A no querer esconderse. A hacer salir todo lo que había guardado dentro todos estos años. "Tu presente es la suma de todo lo que te ha ocurrido en el pasado", le susurro la valkiria en el espejo, "y si no tienes un pasado, entonces no tienes un presente. Pero siempre te quedara un futuro por el que luchar." Acerco los labios al espejo y dejo que su aliento empañara el cristal dejando entre medias una huella redonda de carmín. No se habían portado bien con ella. Había venido a encontrarse consigo misma y le habían dado con la puerta en las narices. Había luchado por una quimera difícil de conseguir. Pero ahora tenia otro desafió ante si. Ya no necesitaba saber quién había sido sino quién iba a ser.
Acaricio su cuerpo desnudo sintiendo cada centímetro de su piel renovado, diferente. Más abierto. Acaricio buscándose a si misma, buscando el placer que nadie allí le iba a dar. Acaricio sintiendo que ya nada era igual. Busco y encontró su futuro y era bello, excitante, salvaje y divertido. Sintió dentro de si todo lo que tenia y lo hizo salir por cada poro de la piel sudando.
Después de dormir un poco se vistió y paso por delante del espejo sin tan siquiera mirarse. Salio a la calle y miro a las estrellas que la saludaron felices con su jovial parpadeo. La Vía Láctea resplandecía como un manto dormido en el infinito y una estrella fugaz atravesó el firmamento dejando un arañazo dorado en la noche. No pidio ningun deseo.

Escrito por Juan Pantano

CAPÍTULO 8 - Thirthe

¿Podemos evocar voluntariamente nuestros recuerdos o son los recuerdos los que nos asaltan sin preguntar? No siempre un viaje nostálgico al pasado resulta satisfactorio. Aunque nos esforcemos en visitar las mismas plazas, recorrer las mismas calles, caminar los mismos senderos; buscar las mismas personas, e incluso logremos encontrarlas; daremos mil vueltas a su alrededor y, sin embargo, ese pasado seguirá resistiéndosenos, hurtándosenos, porque seguro que no se nos mostrará en ese preciso momento en que hemos decidido conjurarlo.Pasado esquivo, caprichoso, infantil, que juega con nosotros desbaratando nuestros recuerdos. Irrumpiendo atropelladamente en los sueños. Quién te ha llamado ahora?? A cuento de qué te presentas con esa imagen cándida de haber estado siempre ahí, habitando en el mismo espacio, ausente, y esperando...esperando qué? Una tarde tonta en que a ella se le ocurriese ordenar viejas fotos para encontrarte. Descifrarte. Desenmascararte...?? Te habías quedado atrás, recuerdas? En la mirada cálida del rostro que se ocultaba detrás de las cortinas de encaje. Esa mirada te contenía por completo. Y a tan buen resguardo estabas, pasado timorato, que te negaste a salir, a ofrecerte tal cual eras, cuando llamaron a la puerta y preguntaron por ti.

Porque un viaje al pasado es un viaje a ciegas y a ti te correspondía guiar.

Y tuviste que dejarla partir, una vez más, calle abajo, observando cómo su figura se iba empequeñeciendo, hasta confundirla con aquella niña morena, pizpireta, que, en ese momento, tan familiar te resultaba a ti y tan ajena a ella misma.

Andrés, celoso guardián del pasado, has dejado hacer bien su trabajo a las arañas. Cada uno atrapado en su tela. El mirlo la acompañó dos veces hasta tu puerta. Tan sólo tenías que sonreír...Decir que sí. Que eras tú a quien buscaba. No a otro. Abrirle la puerta de tus recuerdos para que se reconociese, y entonces hubieras podido decirle cuánto la habías querido, cuánto la querías aún, y cómo la habías visto marchar con la esperanza de que un día te entendiese.

Ahora, ella se pinta las uñas de los pies de color rojo vivo.

Y recuerda al mismo tiempo que tú.

Y espera.

Escrito por Thirthe

CAPITULO 7 - Iluku

Más que una sugerencia le pareció una invitación amable, casi dulce. La conversación, sin embargo, la había dejado en evidencia ante sí misma y ahora se sentía totalmente vulnerable. Se revolvió.
- ¿Y por qué no me lo enseña usted misma? Parece conocerme bien. Aquí todos parecen saber mejor que yo lo que necesito.
Pero la mujer ya desaparecía calle arriba, tras la esquina.
Miró por segunda vez aquella puerta desgastada por el tiempo y se vio a sí misma con mochila de colegial y zapatitos limpios, esperando a Carlos para ir a la escuela. La casa aún conservaba las viejas contraventanas de madera y los visillos de encaje que se apartaban discretamente para verla pasar, ya moza, en las mañanas de domingo. Sintió una extraña opresión en el pecho y envidió la felicidad de aquella muchacha ajena, perdida para siempre.
"Estos no son mis recuerdos...”
Abatida, renunció a probar de nuevo y enfiló la calle abajo con los hombros vencidos y el paso inseguro mientras, a su espalda, una amarillenta cortina de encaje se retiraba levemente para verla marchar.
Esperó en vano el autobús de vuelta. Regresó a la plaza y se sentó en la losa fría. Un anciano inclinado sobre su bastón se acercó y se sentó a su lado.
- ¿Tan pronto quiere dejarnos?
-Sólo vine de visita.
- ¿Y le ha resultado grata?
-Digamos que no encontré lo que buscaba.
- ¿Está segura?
- No... Está todo muy cambiado. Todo me resulta familiar, pero no me encajan los recuerdos.
- Los recuerdos nunca encajan, hija.
Halló confianza en aquellos ojos viejos y tranquilos que la miraban:
-¿Cómo se llama el hombre grandullón que vive en la calle Poniente?
- ¿Andrés? Buen chico.
-Creí que se llamaba Carlos –murmuró decepcionada, y guardó silencio unos instantes antes de preguntar en tono de derrota:
-De niños no llevábamos mochila a la escuela, ¿verdad?
No esperó la respuesta.
-¿Hay alguna otra forma de salir de aquí?
-Es tarde. Quédese. Tal vez mañana encuentre lo que vino a buscar.
-No sé qué es lo que he venido a buscar.
-Quizás el pasado, todos vuelven por la misma razón.
El abuelo se puso en pie con parsimonia:
-Pero el tiempo perdido no se puede recuperar, pequeña.
Se fue atravesando la plaza con lentitud y ella se sintió una mocosa, sola y a punto de llorar. Buscó al mirlo entre las ramas y no lo encontró. Oscurecía.
***
Regresó a su vida gris de obligaciones ...tan pendiente de ser nostalgia... y durante meses luchó contra los sueños ...preferiste el tiempo perdido... que traían voces de batallas sin librar ...Andrés, Andrés... no estás preparada... Luego cedieron las pesadillas, volvió a calzar tacones y se instaló de nuevo en la inercia cotidiana, hasta que una tarde, ordenando viejas fotos, encontró la imagen de unos pies hermosos con las uñas pintadas de rojo vivo.

Escrito por Iluku

CAPÍTULO 6 - Manuel

Porque había vivido allí era más sorprendente su desconocimiento de las calles, las plazas y las tiendas. ¡Cómo ha cambiado esto!, pensaba, y cerraba los ojos al camino para no reconocer que nada era nuevo, que cada puerta y cada ventana arrastraban tras de sí toda la historia del pueblo, y que era ella, ella, la que no reconocía. Eran sus piernas, y no el plano, lo cambiado. Era su memoria, y no las piedras, la que le engañaba. Eran sus ojos, y no el rostro del amigo...Cuando llegó, preguntando y tras varios rodeos inexplicables, a la otra supuesta calle Poniente y vió que era la misma, no supo si le habían tomado el pelo o si ella no había sabido preguntar. Iba incluso a tomarse la molestia de enfadarse, pero antes se quiso asegurar hablando con unos niños que jugaban al balón, y así supo que era la misma calle, que se partía en dos aproximadamente por la mitad, porque dos barrios, el Alto y el Bajo, se la disputaban, y así también se enteró, con cierto desconsuelo, que no se repetían los números, que los pares empezaban por arriba, y los impartes por abajo, que sólo había una puerta a la que pudiera llamar, y que ya había llamado.—¿Ya te has enterado? —se interesó una voz conocida a sus espaldas.—Sí —contestó sin volverse—. ¿Os gusta jugar en este pueblo?Su interlocutora se colocó a su lado, y fueron caminando lentamente mientras decía:—Vienen pocos forasteros por aquí. Y cuando llega alguno, nos gusta que dé varias vueltas, para que lo vea todo, por lo menos hasta que decidamos qué es lo que merece la pena ver.—Yo viví aquí, y todo me resulta desconocido.—No mientas. Reconociste la plaza, las piedras y la casa. Este es el sitio.—No conozco a nadie y nadie sabe quién soy.—¿Qué esperabas? ¿Un recibimiento con pacartas? ¿Abrazos, besos, una fiesta? ¿Que se fuera apartando la gente que te rodeaba y al final del pasillo apareciera él?—No, claro, pero...—No, claro, no, claro... siempre la misma historia. Mira, niña: te he visto gatear, sorberte los mocos y llorar desconsolada a la puerta de la escuela. Y también te vi comerte la plaza con un gesto, fulminar intenciones con una mirada y romper corazones sin darte cuenta, que es como más duele. Pero un día preferiste cambiarte por nostalgia, y ahora vienes y te crees que puedes volver.—Yo no era así —protestó.—Todos hemos sido mocosos, no te preocupes. Esa es la puerta. ¿Vas a volver a llamar?—¿Para qué?—Eres forastera en este pueblo, y seguramente necesites a alguien que te lo enseñe.

Escrito por Manuel

CAPÍTULO 5 - Mad

El mirlo salió volando, lentamente. Giró su pequeña cabeza negra hacia ella y le señaló una pequeña colina más allá de la explanada. Mientras comenzaba a moverse para seguirlo, oyó a su espalda las risas de la mujer del gorro.
De pronto, al llegar al repecho, vio al mirlo posado en un olivo. Recordó que llevaba la cámara en la mochila y quiso fotografiarlo. Al buscar el encuadre adecuado, descubrió tras el árbol unos pies desnudos. Unos pies de mujer, con uñas pintadas de rojo. Disparó varias veces y se acercó.
La mujer estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el tronco del olivo, tenía entre las manos un libro y parecía totalmente absorta en su lectura. El libro se titulaba Carta de una desconocida.
-¿Eres Mad, verdad?- preguntó nerviosa.
-Bravo Sherlock -contestó la mujer sin levantar los ojos de las últimas páginas del libro- Miedo me da tu siguiente pregunta.
Se quedó allí de pie, mirando el cielo, mirando al mirlo, intentando comprender y recordar. Pasado un buen rato, dijo:
-¿Puedo sentarme a tu lado, por favor?
-Bueno, parece vas entrando en razón. Siéntate, compañera. El mirlo sabe siempre más de lo que parece, casi lo había subestimado contigo –dijo Mad cerrando el libro con parsimonia.
-Se me ha perdido un hombre, mi hombre -dijo ella convencida.
-El de la otra calle Poniente, supongo.
-Sí, eso espero…
-Pero ¿para qué lo buscas, qué le quieres después de tantísimo tiempo?
-Eso, precisamente: recuperar el tiempo perdido. Quisiera encontrarlo para poder decirle que ahora recuerdo, que ahora lo recuerdo todo claramente y comprendo. Que ahora sé que le amaba, que le amo.
-No llores. Fíjate, el mirlo se ha ido. ¿Será que es verdad que ya sabes tanto como crees? –dijo Mad sorprendida- Búscalo o déjate encontrar. Y ve tras él. Y no bajes más la cabeza o lo perderás todo de nuevo.
-Gracias –dijo mientras se ponía en marcha-. Gracias por todo…
Al verla partir, Mad creyó reconocerse y le gritó:
-Píntate de rojo las uñas de los pies. Siempre de rojo. Para que si alguna vez dejas caer los párpados puedas recordar el color de la sangre que te corre por las venas…

Escrito por Mad

CAPÍTULO 4 - Gatopardo

Una mujer con un gorro de lana, sentada en el suelo, miraba con unos prismáticos hacia una explanada donde había un pájaro negro.
-¿Que de quién son esos recuerdos que habitan tu alma? No te digo yo que sea mala pregunta, pero un poco retórica... -susurró.
-¿Habla conmigo?
-¿Lo ves? Piensas unas cosas elaboradísimas, llenas de sentimientos de hondura abisal, y te haces preguntas todo el tiempo sin esperar la respuesta... No hay manera de que digas “¡Buenas! Ya va haciendo fresco...” como todo el mundo para iniciar una conversación...
-Oiga, no sé qué me está diciendo y no le he dado pie para hablar así conmigo- y me puse de pie para marcharme.
-¡Quieta, no te muevas!
Obedecí y me volví a sentar automáticamente, y, de pronto, me empecé a sentir idiota por obedecer. La mujer, como si hubiera adivinado lo que pensaba dijo
-Gracias... cuando el mirlo es el animal totémico de una persona le ofrece la posibilidad de llegar a profundizar sin ahogarse en preguntas retóricas... Estoy hablando contigo porque ese mirlo te va siguiendo desde hace más de una hora... ¡Ni te has dado cuenta, eh! Estás tan pendiente de ti misma que... no me extrañaría que buscaras de vez en cuando las gafas que llevas puestas...¿Has venido aquí buscando tus gafas?
Aquella mujer debía de estar completamente loca.
-No estoy loca, no... siempre ando por ahí con los prismáticos, te puedo ayudar si buscas algo o buscas a alguien, conozco a todo el mundo...
Y por primera vez dejó de mirar por lo prismáticos y pude verle la cara. Era más vieja de lo que había creído.
-Si...buscaba a un amigo, pero ya no vive en la dirección que yo tenía... Hace mucho tiempo...creo que no lo reconocería si lo viera...
-Qué raro, un mirlo nunca adopta a una persona que olvide a sus amigos... Los mirlos tienen un sentido muy estricto de la lealtad...
-¿Ese pájaro negro es un mirlo? No sé nada de pájaros...
-El un mirlo macho, porque es negro mate con el pico amarillo, y tiene un anillo amarillo alrededor del ojo. Si fuera hembra sería parda por arriba, tendría el pecho castaño rojizo y el mentón gris rallado...El comportamiento de muchos mirlos urbanos es anormal. Hay machos que no cantan; otros no participan en la crianza de los polluelos; algunos intentan incubar en invierno. Las poblaciones urbanas suelen nutrirse de aves venidas de la periferia. Si tienes un mirlo en el jardín puedes conseguir que tome comida de tu mano, si actúas con calma y le das lombrices o frutos silvestres ... Antes era un ave migratoria, pero se fue haciendo sedentaria. Ese mirlo te está siguiendo... te quiere indicar algo...los animales totémicos siempre ayudan a encontrar la respuesta...
-Yo no creo en esas cosas...
-No hace falta que las creas, basta con que las observes...y las conclusiones vienen solas...¿A quién estás buscando? Has llamado a la casa de Andrés y te he visto hablar con él...
-Esa era la dirección que tenía mi amigo, pero ya no vive allí
-No puede ser, Andrés nació en esa casa, y es hijo único... ¿No te habrás equivocado de dirección?
-Era la calle y el número que tenía...
-Hay dos calles Poniente en el pueblo. Ésta es la calle Poniente Bajo y luego está la calle Poniente Alto...
Me puse de pie de un salto
-¿Dónde está la otra calle Poniente?
-Pregúntale a Mad, que aprendió a reconocer a los mirlos y los valora como amigos.... yo creo que aún estás demasiado ciega para lo que te rodea...No estás preparada... pregúntale a Mad y ella te contará... todos los seres vivos estamos interrelacionados, pero hay que comprenderlo antes de tener derecho a encontrar lo que buscas... y antes de comprender qué tienes que buscar...
-¿Dónde está Mad?
Y ya no me respondió.

Escrito por Gatopardo

CAPÍTULO 3 - Nemomemini

Observó cómo los ojos de aquel hombre la miraban recorriendo su rostro y su figura, intentando encontrar en ellos la señal que hiciese emerger de su interior algún recuerdo por mínimo que fuese, algo que le hiciese reaccionar. Pero nada pasó y ella comprendió.
-Perdón, creo que me equivoqué, dijo, esbozando una sonrisa contrariada. Después volvió la espalda y se marchó de allí.
-Adiós, dijo la voz que dejaba atrás mientras ella se alejaba.
Volvió sobre sus pasos y pronto estuvo sentada en la misma piedra donde antes contempló la plaza. El encuentro con el hombre había dejado en ella un gusto amargo, una turbación que acababa por llegar a todos los rincones de su alma. Notó el frío de la piedra en la que estaba sentada y entonces recordó.
-¡El viejo muro!, se dijo de pronto, y sus ojos se abrieron dejando paso a una esperanza renacida.
Buscó el camino que partía de la parte trasera de la iglesia y, con paso apresurado, comenzó a ascender por la suave ladera hasta llegar al bosque que había en su recuerdo. Buscó el claro en que la vieja casa derruida albergó alguna vez una vida que se perdió en un tiempo cuya memoria no alcanzaba. Algo más arriba, tal y como ella creía recordarlo, estaba el viejo muro, él único de la casa que aún quedaba en pie. Allí, en una de aquellas piedras, en un tiempo inconcreto, oculto en la bruma de su memoria, las manos jóvenes y fuertes de aquel hombre habían dejado grabada una señal. Después, esas mismas manos la habían acariciado a ella justo al pie de aquel muro. Creía recordar, incluso, la piedra concreta en que aquel signo debía permanecer. Lo buscó, lo buscó entonces con ansiedad… pero no lo encontró. Seguramente no era esa, pensó. Y con la misma ansiedad escrutó todas y cada una de las piedras de aquel muro. Pero nada encontró. Ninguna señal escrita, ningún signo que coincidiese con aquel que vagamente guardaba en su memoria.
Sintió cansancio y desazón. Dejó atrás el viejo muro y buscó en el claro del bosque un lugar donde sentarse a descansar. Cerró sus ojos y por vez primera tuvo la extraña sensación de que aquellos recuerdos no le pertenecían. Entonces sintió miedo y tuvo ganas de llorar. Porque, de no ser suyos, ¿de quién eran aquellos recuerdos que habitaban su alma?

Escrito por nemomemini

CAPÍTULO 2 - Muralla

Le había costado mucho tomar aquella decisión, y todavía no creía que fuese capaz de llevarla a término, ya que en los últimos años su vida se había convertido en una rutina, en una sucesión de tiempos grises en los que no cabía el arco iris.
Supo que o hacía algo para dejarlo entrar o su alma quedaría encerrada en el negro más absoluto.
Necesitaba olvidarse de muchas cosas, entre ellas, y la más importante, la que la ataba a este lugar; por ello esperó con impaciencia la llegada del autobús que la apartaría unos kilómetros de aquellas tierras y la conduciría al lugar dónde se disipa la niebla.
Un lugar que había abandonado tiempo atrás, en busca de otra vida y otros sueños, pero que ahora necesitaba recuperar para sentirse de nuevo mujer.
Un sitio dentro de un corazón al que, por no amar, nunca pudo olvidar.
Se sentó en una de las piedras milenarias y contempló la plaza.
Se vio a si misma cruzándola altiva, pizpireta, sabiéndose mirada, acariciada, por unos lánguidos ojos de enamorado, y ansió como nada en la vida volver a encontrarlo, rozar lo nunca rozado, sentirse de nuevo admirada.
Despacio, con toda la prisa de la vida no recobrada, llamó a la puerta de su casa. Lo deseaba todo y no esperaba nada.
Un hombre grande, solitario, de expresión triste y cansada, ocupó la entrada. No hubo en su mirada ni un atisbo de alegría, de reconocimiento, ni de amor recordado…
Le sonrió y pareció que una interrogante quisiera abrirse paso en sus ojos después de su sonrisa.
Esperó. Y habló:
-Busco a un amigo, que hace tiempo vivía aquí…
-Creo que tiene la dirección equivocada. Yo siempre viví aquí y que recuerde, usted, nunca fue mi amiga.- y en su cara también apareció una tímida sonrisa.
Los años hicieron bien su trabajo- pensó ella, mientras se negaba a aceptar que el mar del olvido hubiera sepultado totalmente el juvenil amor no correspondido.
-¿Cómo se llamaba su amigo?
Sintió pena, vergüenza y rabia al responder.
-No lo recuerdo. No sé siquiera si alguna vez lo supe.

Escrito por muralla

17.10.05

CAPÍTULO 1, Desteñida - AZUL de Blancos

Se tiñó de autenticidad pues habían sido demasiados días ya sintiéndose descolorida.

No necesitó tacones que marcaran el ritmo de sus pasos ni rimel que pretendiera abrir más sus ojos. Sólo precisó mirar el mundo de otra forma para encontrar los colores que tanto necesitaba, esos capaces de amortiguar el eco que se había apoderado de su interior.

Salió de casa con su cámara, algo de dinero y ropa en una mochila por si decidía no volver en un par de días...

Escrito por AZUL de Blancos