23.10.05

CAPÍTULO 10 - Mon

¿Para qué pedir, tontamente, un deseo? Nada ocurriría por fuera de las leyes del universo.La rueda de la vida que nunca se detiene.Caminamos creyendo que la senda elegida es recta y correcta, que a lo sumo se bifurca… por allí una rotonda, una ladera empinada, el cauce de un arroyo que nos obliga a saltar; tal vez un vacío y a retroceder.Pero lo cierto es que, de principio a fin, recorremos paisajes espiralados. Nada pertenece a un pasado definitivo; nada permanece definitivamente, nada sabemos sobre el final de la víspera.
Es mejor convivir con tanta incertidumbre que valerse de dudosas certezas.
Aún me sigo preguntando si aquellos recuerdos me pertenecen.
Creo que anoche bebí de más. Con los años se va perdiendo el desparpajo, ya no soy la niña que cruzaba la plaza comiéndose la vida. Ya no.Y esta mujer que de a ratos me enamora, que se mira al espejo repitiendo “es hora de olvidar”, mintiendo intenciones que no son “a prueba de agua”… ( otra vez los ojos enrojecidos amenazando correr el rimel…) esta mujer, yo, se despereza lentamente bajo sábanas azules que no huelen a violetas.Hoy huelen a pasión arrebatada, a calentura premeditada, a nalgas incendiadas. Me duele hasta el cuero cabelludo. Daniel es un buen amante para con todas sus amantes. Hay que reconocer ciertos detalles: no todo lo que suma enriquece.
Lo que no comprendo es el significado del sueño que interrumpió mi descanso:
Estoy en la cama… en una cama cualquiera… hacia la izquierda hay una puerta que se abre… comienza a entrar gente… trato de pasar desapercibida… soy consciente de mi olor a sexo, de mi pelo revuelto… no quiero que se acerquen… no quiero que lo adviertan… envuelvo mi cuerpo desnudo e intento encontrar una salida… pero él me ve… se acerca sin darme tiempo a nada… viste de negro, lleva una capa, no puedo vislumbrar su rostro… me abraza… me dice: “cuánto te extrañé…”
No sé quien es. Quien era.
Pero jamás me abrazaron así.

Juego con la idea de poner un aviso en el periódico:
“Mujer que se pinta las uñas de rojo, busca hombre que vista de negro, y arranque la vida en un abrazo”.

Escrito por Mon

CAPÍTULO 9 - Juan Pantano

Y así continuó, pintándose las uñas de los pies y luego de las manos. Y cuando todas ellas se hubieron secado les dio las gracias en voz baja y comenzó maquillarse la cara. Primero un perfil a la nariz para afilarla un poco, después colorete para cambiar el contorno a la cara siguiendo por un carmín rojo como la sangre del corazón para los labios. Los cabellos recogidos y tirados hacia atrás tanto que sentía las raíces pedir perdón por haberse enredado, configuraban el ovalo perfecto de su cara y las pestañas largas y negras como el carbón, rodeaban los ojos oscuros y penetrantes.
Se observó durante quince minutos en el espejo sin reconocerse. Desnuda pero valiente. Decidida a no dejar ni un cabo suelto. Le pregunto a su imagen reflejada por su nombre y ésta le respondió con una mirada capaz de incendiar un pedazo de tela mojada. Se miro y se enamoro de la mujer que veía. De esa perfecta desconocida que la invitaba a romper con todo lo pasado, que la empujaba hacia delante, a encontrarse con su futuro sin miedo al fracaso. A no querer esconderse. A hacer salir todo lo que había guardado dentro todos estos años. "Tu presente es la suma de todo lo que te ha ocurrido en el pasado", le susurro la valkiria en el espejo, "y si no tienes un pasado, entonces no tienes un presente. Pero siempre te quedara un futuro por el que luchar." Acerco los labios al espejo y dejo que su aliento empañara el cristal dejando entre medias una huella redonda de carmín. No se habían portado bien con ella. Había venido a encontrarse consigo misma y le habían dado con la puerta en las narices. Había luchado por una quimera difícil de conseguir. Pero ahora tenia otro desafió ante si. Ya no necesitaba saber quién había sido sino quién iba a ser.
Acaricio su cuerpo desnudo sintiendo cada centímetro de su piel renovado, diferente. Más abierto. Acaricio buscándose a si misma, buscando el placer que nadie allí le iba a dar. Acaricio sintiendo que ya nada era igual. Busco y encontró su futuro y era bello, excitante, salvaje y divertido. Sintió dentro de si todo lo que tenia y lo hizo salir por cada poro de la piel sudando.
Después de dormir un poco se vistió y paso por delante del espejo sin tan siquiera mirarse. Salio a la calle y miro a las estrellas que la saludaron felices con su jovial parpadeo. La Vía Láctea resplandecía como un manto dormido en el infinito y una estrella fugaz atravesó el firmamento dejando un arañazo dorado en la noche. No pidio ningun deseo.

Escrito por Juan Pantano

CAPÍTULO 8 - Thirthe

¿Podemos evocar voluntariamente nuestros recuerdos o son los recuerdos los que nos asaltan sin preguntar? No siempre un viaje nostálgico al pasado resulta satisfactorio. Aunque nos esforcemos en visitar las mismas plazas, recorrer las mismas calles, caminar los mismos senderos; buscar las mismas personas, e incluso logremos encontrarlas; daremos mil vueltas a su alrededor y, sin embargo, ese pasado seguirá resistiéndosenos, hurtándosenos, porque seguro que no se nos mostrará en ese preciso momento en que hemos decidido conjurarlo.Pasado esquivo, caprichoso, infantil, que juega con nosotros desbaratando nuestros recuerdos. Irrumpiendo atropelladamente en los sueños. Quién te ha llamado ahora?? A cuento de qué te presentas con esa imagen cándida de haber estado siempre ahí, habitando en el mismo espacio, ausente, y esperando...esperando qué? Una tarde tonta en que a ella se le ocurriese ordenar viejas fotos para encontrarte. Descifrarte. Desenmascararte...?? Te habías quedado atrás, recuerdas? En la mirada cálida del rostro que se ocultaba detrás de las cortinas de encaje. Esa mirada te contenía por completo. Y a tan buen resguardo estabas, pasado timorato, que te negaste a salir, a ofrecerte tal cual eras, cuando llamaron a la puerta y preguntaron por ti.

Porque un viaje al pasado es un viaje a ciegas y a ti te correspondía guiar.

Y tuviste que dejarla partir, una vez más, calle abajo, observando cómo su figura se iba empequeñeciendo, hasta confundirla con aquella niña morena, pizpireta, que, en ese momento, tan familiar te resultaba a ti y tan ajena a ella misma.

Andrés, celoso guardián del pasado, has dejado hacer bien su trabajo a las arañas. Cada uno atrapado en su tela. El mirlo la acompañó dos veces hasta tu puerta. Tan sólo tenías que sonreír...Decir que sí. Que eras tú a quien buscaba. No a otro. Abrirle la puerta de tus recuerdos para que se reconociese, y entonces hubieras podido decirle cuánto la habías querido, cuánto la querías aún, y cómo la habías visto marchar con la esperanza de que un día te entendiese.

Ahora, ella se pinta las uñas de los pies de color rojo vivo.

Y recuerda al mismo tiempo que tú.

Y espera.

Escrito por Thirthe

CAPITULO 7 - Iluku

Más que una sugerencia le pareció una invitación amable, casi dulce. La conversación, sin embargo, la había dejado en evidencia ante sí misma y ahora se sentía totalmente vulnerable. Se revolvió.
- ¿Y por qué no me lo enseña usted misma? Parece conocerme bien. Aquí todos parecen saber mejor que yo lo que necesito.
Pero la mujer ya desaparecía calle arriba, tras la esquina.
Miró por segunda vez aquella puerta desgastada por el tiempo y se vio a sí misma con mochila de colegial y zapatitos limpios, esperando a Carlos para ir a la escuela. La casa aún conservaba las viejas contraventanas de madera y los visillos de encaje que se apartaban discretamente para verla pasar, ya moza, en las mañanas de domingo. Sintió una extraña opresión en el pecho y envidió la felicidad de aquella muchacha ajena, perdida para siempre.
"Estos no son mis recuerdos...”
Abatida, renunció a probar de nuevo y enfiló la calle abajo con los hombros vencidos y el paso inseguro mientras, a su espalda, una amarillenta cortina de encaje se retiraba levemente para verla marchar.
Esperó en vano el autobús de vuelta. Regresó a la plaza y se sentó en la losa fría. Un anciano inclinado sobre su bastón se acercó y se sentó a su lado.
- ¿Tan pronto quiere dejarnos?
-Sólo vine de visita.
- ¿Y le ha resultado grata?
-Digamos que no encontré lo que buscaba.
- ¿Está segura?
- No... Está todo muy cambiado. Todo me resulta familiar, pero no me encajan los recuerdos.
- Los recuerdos nunca encajan, hija.
Halló confianza en aquellos ojos viejos y tranquilos que la miraban:
-¿Cómo se llama el hombre grandullón que vive en la calle Poniente?
- ¿Andrés? Buen chico.
-Creí que se llamaba Carlos –murmuró decepcionada, y guardó silencio unos instantes antes de preguntar en tono de derrota:
-De niños no llevábamos mochila a la escuela, ¿verdad?
No esperó la respuesta.
-¿Hay alguna otra forma de salir de aquí?
-Es tarde. Quédese. Tal vez mañana encuentre lo que vino a buscar.
-No sé qué es lo que he venido a buscar.
-Quizás el pasado, todos vuelven por la misma razón.
El abuelo se puso en pie con parsimonia:
-Pero el tiempo perdido no se puede recuperar, pequeña.
Se fue atravesando la plaza con lentitud y ella se sintió una mocosa, sola y a punto de llorar. Buscó al mirlo entre las ramas y no lo encontró. Oscurecía.
***
Regresó a su vida gris de obligaciones ...tan pendiente de ser nostalgia... y durante meses luchó contra los sueños ...preferiste el tiempo perdido... que traían voces de batallas sin librar ...Andrés, Andrés... no estás preparada... Luego cedieron las pesadillas, volvió a calzar tacones y se instaló de nuevo en la inercia cotidiana, hasta que una tarde, ordenando viejas fotos, encontró la imagen de unos pies hermosos con las uñas pintadas de rojo vivo.

Escrito por Iluku

CAPÍTULO 6 - Manuel

Porque había vivido allí era más sorprendente su desconocimiento de las calles, las plazas y las tiendas. ¡Cómo ha cambiado esto!, pensaba, y cerraba los ojos al camino para no reconocer que nada era nuevo, que cada puerta y cada ventana arrastraban tras de sí toda la historia del pueblo, y que era ella, ella, la que no reconocía. Eran sus piernas, y no el plano, lo cambiado. Era su memoria, y no las piedras, la que le engañaba. Eran sus ojos, y no el rostro del amigo...Cuando llegó, preguntando y tras varios rodeos inexplicables, a la otra supuesta calle Poniente y vió que era la misma, no supo si le habían tomado el pelo o si ella no había sabido preguntar. Iba incluso a tomarse la molestia de enfadarse, pero antes se quiso asegurar hablando con unos niños que jugaban al balón, y así supo que era la misma calle, que se partía en dos aproximadamente por la mitad, porque dos barrios, el Alto y el Bajo, se la disputaban, y así también se enteró, con cierto desconsuelo, que no se repetían los números, que los pares empezaban por arriba, y los impartes por abajo, que sólo había una puerta a la que pudiera llamar, y que ya había llamado.—¿Ya te has enterado? —se interesó una voz conocida a sus espaldas.—Sí —contestó sin volverse—. ¿Os gusta jugar en este pueblo?Su interlocutora se colocó a su lado, y fueron caminando lentamente mientras decía:—Vienen pocos forasteros por aquí. Y cuando llega alguno, nos gusta que dé varias vueltas, para que lo vea todo, por lo menos hasta que decidamos qué es lo que merece la pena ver.—Yo viví aquí, y todo me resulta desconocido.—No mientas. Reconociste la plaza, las piedras y la casa. Este es el sitio.—No conozco a nadie y nadie sabe quién soy.—¿Qué esperabas? ¿Un recibimiento con pacartas? ¿Abrazos, besos, una fiesta? ¿Que se fuera apartando la gente que te rodeaba y al final del pasillo apareciera él?—No, claro, pero...—No, claro, no, claro... siempre la misma historia. Mira, niña: te he visto gatear, sorberte los mocos y llorar desconsolada a la puerta de la escuela. Y también te vi comerte la plaza con un gesto, fulminar intenciones con una mirada y romper corazones sin darte cuenta, que es como más duele. Pero un día preferiste cambiarte por nostalgia, y ahora vienes y te crees que puedes volver.—Yo no era así —protestó.—Todos hemos sido mocosos, no te preocupes. Esa es la puerta. ¿Vas a volver a llamar?—¿Para qué?—Eres forastera en este pueblo, y seguramente necesites a alguien que te lo enseñe.

Escrito por Manuel

CAPÍTULO 5 - Mad

El mirlo salió volando, lentamente. Giró su pequeña cabeza negra hacia ella y le señaló una pequeña colina más allá de la explanada. Mientras comenzaba a moverse para seguirlo, oyó a su espalda las risas de la mujer del gorro.
De pronto, al llegar al repecho, vio al mirlo posado en un olivo. Recordó que llevaba la cámara en la mochila y quiso fotografiarlo. Al buscar el encuadre adecuado, descubrió tras el árbol unos pies desnudos. Unos pies de mujer, con uñas pintadas de rojo. Disparó varias veces y se acercó.
La mujer estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el tronco del olivo, tenía entre las manos un libro y parecía totalmente absorta en su lectura. El libro se titulaba Carta de una desconocida.
-¿Eres Mad, verdad?- preguntó nerviosa.
-Bravo Sherlock -contestó la mujer sin levantar los ojos de las últimas páginas del libro- Miedo me da tu siguiente pregunta.
Se quedó allí de pie, mirando el cielo, mirando al mirlo, intentando comprender y recordar. Pasado un buen rato, dijo:
-¿Puedo sentarme a tu lado, por favor?
-Bueno, parece vas entrando en razón. Siéntate, compañera. El mirlo sabe siempre más de lo que parece, casi lo había subestimado contigo –dijo Mad cerrando el libro con parsimonia.
-Se me ha perdido un hombre, mi hombre -dijo ella convencida.
-El de la otra calle Poniente, supongo.
-Sí, eso espero…
-Pero ¿para qué lo buscas, qué le quieres después de tantísimo tiempo?
-Eso, precisamente: recuperar el tiempo perdido. Quisiera encontrarlo para poder decirle que ahora recuerdo, que ahora lo recuerdo todo claramente y comprendo. Que ahora sé que le amaba, que le amo.
-No llores. Fíjate, el mirlo se ha ido. ¿Será que es verdad que ya sabes tanto como crees? –dijo Mad sorprendida- Búscalo o déjate encontrar. Y ve tras él. Y no bajes más la cabeza o lo perderás todo de nuevo.
-Gracias –dijo mientras se ponía en marcha-. Gracias por todo…
Al verla partir, Mad creyó reconocerse y le gritó:
-Píntate de rojo las uñas de los pies. Siempre de rojo. Para que si alguna vez dejas caer los párpados puedas recordar el color de la sangre que te corre por las venas…

Escrito por Mad

CAPÍTULO 4 - Gatopardo

Una mujer con un gorro de lana, sentada en el suelo, miraba con unos prismáticos hacia una explanada donde había un pájaro negro.
-¿Que de quién son esos recuerdos que habitan tu alma? No te digo yo que sea mala pregunta, pero un poco retórica... -susurró.
-¿Habla conmigo?
-¿Lo ves? Piensas unas cosas elaboradísimas, llenas de sentimientos de hondura abisal, y te haces preguntas todo el tiempo sin esperar la respuesta... No hay manera de que digas “¡Buenas! Ya va haciendo fresco...” como todo el mundo para iniciar una conversación...
-Oiga, no sé qué me está diciendo y no le he dado pie para hablar así conmigo- y me puse de pie para marcharme.
-¡Quieta, no te muevas!
Obedecí y me volví a sentar automáticamente, y, de pronto, me empecé a sentir idiota por obedecer. La mujer, como si hubiera adivinado lo que pensaba dijo
-Gracias... cuando el mirlo es el animal totémico de una persona le ofrece la posibilidad de llegar a profundizar sin ahogarse en preguntas retóricas... Estoy hablando contigo porque ese mirlo te va siguiendo desde hace más de una hora... ¡Ni te has dado cuenta, eh! Estás tan pendiente de ti misma que... no me extrañaría que buscaras de vez en cuando las gafas que llevas puestas...¿Has venido aquí buscando tus gafas?
Aquella mujer debía de estar completamente loca.
-No estoy loca, no... siempre ando por ahí con los prismáticos, te puedo ayudar si buscas algo o buscas a alguien, conozco a todo el mundo...
Y por primera vez dejó de mirar por lo prismáticos y pude verle la cara. Era más vieja de lo que había creído.
-Si...buscaba a un amigo, pero ya no vive en la dirección que yo tenía... Hace mucho tiempo...creo que no lo reconocería si lo viera...
-Qué raro, un mirlo nunca adopta a una persona que olvide a sus amigos... Los mirlos tienen un sentido muy estricto de la lealtad...
-¿Ese pájaro negro es un mirlo? No sé nada de pájaros...
-El un mirlo macho, porque es negro mate con el pico amarillo, y tiene un anillo amarillo alrededor del ojo. Si fuera hembra sería parda por arriba, tendría el pecho castaño rojizo y el mentón gris rallado...El comportamiento de muchos mirlos urbanos es anormal. Hay machos que no cantan; otros no participan en la crianza de los polluelos; algunos intentan incubar en invierno. Las poblaciones urbanas suelen nutrirse de aves venidas de la periferia. Si tienes un mirlo en el jardín puedes conseguir que tome comida de tu mano, si actúas con calma y le das lombrices o frutos silvestres ... Antes era un ave migratoria, pero se fue haciendo sedentaria. Ese mirlo te está siguiendo... te quiere indicar algo...los animales totémicos siempre ayudan a encontrar la respuesta...
-Yo no creo en esas cosas...
-No hace falta que las creas, basta con que las observes...y las conclusiones vienen solas...¿A quién estás buscando? Has llamado a la casa de Andrés y te he visto hablar con él...
-Esa era la dirección que tenía mi amigo, pero ya no vive allí
-No puede ser, Andrés nació en esa casa, y es hijo único... ¿No te habrás equivocado de dirección?
-Era la calle y el número que tenía...
-Hay dos calles Poniente en el pueblo. Ésta es la calle Poniente Bajo y luego está la calle Poniente Alto...
Me puse de pie de un salto
-¿Dónde está la otra calle Poniente?
-Pregúntale a Mad, que aprendió a reconocer a los mirlos y los valora como amigos.... yo creo que aún estás demasiado ciega para lo que te rodea...No estás preparada... pregúntale a Mad y ella te contará... todos los seres vivos estamos interrelacionados, pero hay que comprenderlo antes de tener derecho a encontrar lo que buscas... y antes de comprender qué tienes que buscar...
-¿Dónde está Mad?
Y ya no me respondió.

Escrito por Gatopardo

CAPÍTULO 3 - Nemomemini

Observó cómo los ojos de aquel hombre la miraban recorriendo su rostro y su figura, intentando encontrar en ellos la señal que hiciese emerger de su interior algún recuerdo por mínimo que fuese, algo que le hiciese reaccionar. Pero nada pasó y ella comprendió.
-Perdón, creo que me equivoqué, dijo, esbozando una sonrisa contrariada. Después volvió la espalda y se marchó de allí.
-Adiós, dijo la voz que dejaba atrás mientras ella se alejaba.
Volvió sobre sus pasos y pronto estuvo sentada en la misma piedra donde antes contempló la plaza. El encuentro con el hombre había dejado en ella un gusto amargo, una turbación que acababa por llegar a todos los rincones de su alma. Notó el frío de la piedra en la que estaba sentada y entonces recordó.
-¡El viejo muro!, se dijo de pronto, y sus ojos se abrieron dejando paso a una esperanza renacida.
Buscó el camino que partía de la parte trasera de la iglesia y, con paso apresurado, comenzó a ascender por la suave ladera hasta llegar al bosque que había en su recuerdo. Buscó el claro en que la vieja casa derruida albergó alguna vez una vida que se perdió en un tiempo cuya memoria no alcanzaba. Algo más arriba, tal y como ella creía recordarlo, estaba el viejo muro, él único de la casa que aún quedaba en pie. Allí, en una de aquellas piedras, en un tiempo inconcreto, oculto en la bruma de su memoria, las manos jóvenes y fuertes de aquel hombre habían dejado grabada una señal. Después, esas mismas manos la habían acariciado a ella justo al pie de aquel muro. Creía recordar, incluso, la piedra concreta en que aquel signo debía permanecer. Lo buscó, lo buscó entonces con ansiedad… pero no lo encontró. Seguramente no era esa, pensó. Y con la misma ansiedad escrutó todas y cada una de las piedras de aquel muro. Pero nada encontró. Ninguna señal escrita, ningún signo que coincidiese con aquel que vagamente guardaba en su memoria.
Sintió cansancio y desazón. Dejó atrás el viejo muro y buscó en el claro del bosque un lugar donde sentarse a descansar. Cerró sus ojos y por vez primera tuvo la extraña sensación de que aquellos recuerdos no le pertenecían. Entonces sintió miedo y tuvo ganas de llorar. Porque, de no ser suyos, ¿de quién eran aquellos recuerdos que habitaban su alma?

Escrito por nemomemini

CAPÍTULO 2 - Muralla

Le había costado mucho tomar aquella decisión, y todavía no creía que fuese capaz de llevarla a término, ya que en los últimos años su vida se había convertido en una rutina, en una sucesión de tiempos grises en los que no cabía el arco iris.
Supo que o hacía algo para dejarlo entrar o su alma quedaría encerrada en el negro más absoluto.
Necesitaba olvidarse de muchas cosas, entre ellas, y la más importante, la que la ataba a este lugar; por ello esperó con impaciencia la llegada del autobús que la apartaría unos kilómetros de aquellas tierras y la conduciría al lugar dónde se disipa la niebla.
Un lugar que había abandonado tiempo atrás, en busca de otra vida y otros sueños, pero que ahora necesitaba recuperar para sentirse de nuevo mujer.
Un sitio dentro de un corazón al que, por no amar, nunca pudo olvidar.
Se sentó en una de las piedras milenarias y contempló la plaza.
Se vio a si misma cruzándola altiva, pizpireta, sabiéndose mirada, acariciada, por unos lánguidos ojos de enamorado, y ansió como nada en la vida volver a encontrarlo, rozar lo nunca rozado, sentirse de nuevo admirada.
Despacio, con toda la prisa de la vida no recobrada, llamó a la puerta de su casa. Lo deseaba todo y no esperaba nada.
Un hombre grande, solitario, de expresión triste y cansada, ocupó la entrada. No hubo en su mirada ni un atisbo de alegría, de reconocimiento, ni de amor recordado…
Le sonrió y pareció que una interrogante quisiera abrirse paso en sus ojos después de su sonrisa.
Esperó. Y habló:
-Busco a un amigo, que hace tiempo vivía aquí…
-Creo que tiene la dirección equivocada. Yo siempre viví aquí y que recuerde, usted, nunca fue mi amiga.- y en su cara también apareció una tímida sonrisa.
Los años hicieron bien su trabajo- pensó ella, mientras se negaba a aceptar que el mar del olvido hubiera sepultado totalmente el juvenil amor no correspondido.
-¿Cómo se llamaba su amigo?
Sintió pena, vergüenza y rabia al responder.
-No lo recuerdo. No sé siquiera si alguna vez lo supe.

Escrito por muralla

17.10.05

CAPÍTULO 1, Desteñida - AZUL de Blancos

Se tiñó de autenticidad pues habían sido demasiados días ya sintiéndose descolorida.

No necesitó tacones que marcaran el ritmo de sus pasos ni rimel que pretendiera abrir más sus ojos. Sólo precisó mirar el mundo de otra forma para encontrar los colores que tanto necesitaba, esos capaces de amortiguar el eco que se había apoderado de su interior.

Salió de casa con su cámara, algo de dinero y ropa en una mochila por si decidía no volver en un par de días...

Escrito por AZUL de Blancos