23.10.05

CAPÍTULO 9 - Juan Pantano

Y así continuó, pintándose las uñas de los pies y luego de las manos. Y cuando todas ellas se hubieron secado les dio las gracias en voz baja y comenzó maquillarse la cara. Primero un perfil a la nariz para afilarla un poco, después colorete para cambiar el contorno a la cara siguiendo por un carmín rojo como la sangre del corazón para los labios. Los cabellos recogidos y tirados hacia atrás tanto que sentía las raíces pedir perdón por haberse enredado, configuraban el ovalo perfecto de su cara y las pestañas largas y negras como el carbón, rodeaban los ojos oscuros y penetrantes.
Se observó durante quince minutos en el espejo sin reconocerse. Desnuda pero valiente. Decidida a no dejar ni un cabo suelto. Le pregunto a su imagen reflejada por su nombre y ésta le respondió con una mirada capaz de incendiar un pedazo de tela mojada. Se miro y se enamoro de la mujer que veía. De esa perfecta desconocida que la invitaba a romper con todo lo pasado, que la empujaba hacia delante, a encontrarse con su futuro sin miedo al fracaso. A no querer esconderse. A hacer salir todo lo que había guardado dentro todos estos años. "Tu presente es la suma de todo lo que te ha ocurrido en el pasado", le susurro la valkiria en el espejo, "y si no tienes un pasado, entonces no tienes un presente. Pero siempre te quedara un futuro por el que luchar." Acerco los labios al espejo y dejo que su aliento empañara el cristal dejando entre medias una huella redonda de carmín. No se habían portado bien con ella. Había venido a encontrarse consigo misma y le habían dado con la puerta en las narices. Había luchado por una quimera difícil de conseguir. Pero ahora tenia otro desafió ante si. Ya no necesitaba saber quién había sido sino quién iba a ser.
Acaricio su cuerpo desnudo sintiendo cada centímetro de su piel renovado, diferente. Más abierto. Acaricio buscándose a si misma, buscando el placer que nadie allí le iba a dar. Acaricio sintiendo que ya nada era igual. Busco y encontró su futuro y era bello, excitante, salvaje y divertido. Sintió dentro de si todo lo que tenia y lo hizo salir por cada poro de la piel sudando.
Después de dormir un poco se vistió y paso por delante del espejo sin tan siquiera mirarse. Salio a la calle y miro a las estrellas que la saludaron felices con su jovial parpadeo. La Vía Láctea resplandecía como un manto dormido en el infinito y una estrella fugaz atravesó el firmamento dejando un arañazo dorado en la noche. No pidio ningun deseo.

Escrito por Juan Pantano