30.11.05

CAPÍTULO 14, En el que ocurre lo que ocurre y los actores se refugian detrás de un biombo - Pedro (Glup)




Prólogo.
Veamos ¿qué tenemos aquí?.
Hay una maleta negra pegada a la pierna de un hombre con un abrigo negro sentado en una terraza gris donde llueven palomas, rutinas y esperanzas a punto de extinguirse. Cómo ha llegado a este lugar lo han contado ya.
Hay una mujer con una gabardina roja que viene recién peinada de amor y que se busca en ese al que busca. Su insistencia en esta actividad tan pesada también la han contado.
Luego están los lectores que conocen la historia, los que no y los que esperan su continuidad. Prescindiré de los de en medio y me centraré en los otros dos grupos.
Bien, estáis de suerte ya que estuve allí, lo vi todo, puedo contar cada detalle. Atentos, empiezo.

Parte 1.
Plano desde arriba. La plaza Mayor casi vacía. Gritos de niños invisibles. Zureo de palomas. Las mesas perfectamente alineadas sobre las baldosas ajedrecísticas. Dos camareras aburridas, sin clientes. Un limpiabotas canturrea, ebrio de cazalla y soledad. El hombre del abrigo negro acerca más la maleta a su pierna, con la otra mano revuelve un café con leche que se enfría sobre la mesa gris. Cruza un ciclista montado sobre dos ruedas en su afán de perseguir su propia juventud. Una florista deja una estela de azucenas y desaparece por una esquina. Los gorriones alborotan las cornisas. Una anciana sacude una alfombra por la ventana, llora, a chorros. Un gato se aburre como un gato. Una mujer, sonámbula, con una gabardina roja, camina con lentitud y se dirige en línea recta hacia el hombre sentado. De los soportales ha salido un joven de pelo engominado y andares chulescos. Desde el ático miro todo esto, abrigado en mi sillón de jubilado, sin dinero ni ganas de pisar la calle, curioso por rutina, por falta de otra actividad mejor.


Parte 2.
La cámara baja despacio y atrapa la actividad creciente en la plaza Mayor. Un hombre de facciones orientales toca el violín frente a un pañuelo blanco huérfano de euros. La mujer de la gabardina roja aprieta el paso y los labios, mira al hombre del abrigo negro, algo dice entre dientes. El gato arquea el lomo, se despereza y maúlla. Las dos camareras parlotean mientras pasan un trapo por las sillas. El limpiabotas se limpia la nariz. Una anciana riega sus tiestos de geranios y camelias. El hombre del abrigo negro ha visto a la mujer, se levanta, sonríe. Un perro viejo ladra y provoca una desbandada de palomas. La mujer de rojo tiende los brazos hacia el hombre de negro. El joven del pelo engominado lleva una navaja en la mano derecha. Lo veo, me incorporo y grito. Por un instante, el hombre, la mujer y el joven forman un triángulo detenido en el tiempo. La navaja describe un semicírculo de plata en el aire y se clava en el pecho del hombre del abrigo negro; los gorriones vuelan; el del pelo con gomina se lleva la maleta; las camareras chillan; la mujer de la gabardina roja se arrodilla y mira al cielo; llamo a la policía; justo en ese momento entra en la plaza una excursión de jubilados que sigue a un guía enarbolando un paraguas de colores; varias decenas de niños irrumpen con sus juegos, carreras, chillidos y ansiedades en el periodo de descanso del colegio en los bajos de la casa; un cartero colgado de su gran cartera sigue su camino sin mirar la escena; se acercan las sirenas de los coches de policía; cierro la puerta del balcón y enciendo la televisión; esta ciudad cada día es más peligrosa.



Escrito por Pedro (Glup)

18.11.05

CAPÍTULO 13, Negro, rojo - Saf


-¡Tres días! Tres días lleva ese hombre, con la maleta pegada a la pierna, sentado en una de las mesas de fuera y sobando una pelotilla de papel entre los dedos. –Le dijo Margot a la nueva.- ¿Te creerás que ayer, cuando empezó a llover se movió del sitio?, pues no, ¡no lo hizo! Antes de abrir ya está aquí, de pié, esperando, y no más me ve encender las luces toma asiento y no vuelve a moverse hasta que oscurece y nos vamos.

-¡Hay gente pá tó! -Contesta la nueva mirándole con desconfianza, mientras apila unas tazas sucias en la bandeja.

Indiferente a la conversación de las camareras el hombre de l abrigo negro enciende un pitillo, pide otro café y mira fijo, a un punto indeterminado del otro lado de la plaza. Bajo sus tupidas pestañas, algo en la determinación de su mirada avisa de que se dejará morir ahí, negro sobre el gris de las mesas, gris de las palomas y de las losas húmedas del suelo, de los mármoles de la fachada del bar. Gris de un pasado perdido.

-=-

Hizo un gesto de fastidio ante el espejo, peinó una vez más su negro pelo tirando con disgusto el cepillo sobre la mesita, se subió las medias y miró a través del espejo al hombre dormido semioculto entre las sábanas. –Se acabó- se regañó bajito.
Dejó las llaves junto a la puerta y salió.

Rojo de su gabardina sobre la gris mañana, cruzó entre los coches. Sin saber bien por qué sintió una anticipación, una urgencia extraña, acuciante y aceleró el paso enfilando hacia el café de enfrente, bajo los soportales .

“Búscalo o déjate encontrar” –recordó como si de un fogonazo se tratara-..... déjate encontrar, déjate encontrar, se repitió mientras veía, en el mismo centro de la plaza un borrón infantil, negro y rojo, espantando las palomas.Sintió que se quedaba sin aire, que le faltaba el suelo y le temblaban las piernas y supo que no podría moverse..... al ver, al fondo y sobre gris, a aquel que poblaba sus sueños.
Escrito por Saf

13.11.05

CAPÍTULO 12, Manso y doméstico - La donna è mobile

El tren no parecía hacer grandes esfuerzos por llegar a su destino, al contrario, atravesaba como un manso la noche. Sus acompañantes dormían, inclinaban la cabeza sobre la mano abierta y con esa brevísima liturgia, admirables, conseguían convocar al sueño. Siempre le había asombrado esa capacidad de las personas para acomodarse al medio, para invocar la normalidad bajo cualquier circunstancia. Él era incapaz. La suya se rompía cuando sacaba un pie de su entorno, y así, le sentaban mal las comidas que hacía fuera, no podía pegar un ojo cuando le sacaban de su cama, le molestaban todos los ruidos, todas las luces y en resumen, no comprendía cómo había sido capaz de encomendarse a ese recorte. Lo estrujaba en el bolsillo, lo sacaba, lo leía, lo volvía a guardar, se inclinaba hacia delante, se desmadejaba, se volvía hacia atrás. No sabía como se le había ocurrido una locura como aquella. En cambio de su sorprendente lance brotaba copiosamente un valor por el que nadie habría apostado, y eso le agradaba, ¡cómo se quedarían ahora sus amigos si pudieran verle, tan decidido, tan capaz! Ahora, ahora tendrían que verle. Dejó caer, un momento se dijo, los ojos, guardó las manos en los bolsillos del gabán y volvió a su cálida y siempre confortable habitación, al sueño recurrente, aquel en el que ella acostada y desnuda le tendía los brazos, que eran su refugio, y le llamaba por lo que él comprendía que era su nombre mientras se revolvían entre sábanas tibias. Un cambio de vía sacudió el tren entero y se avivó con la certeza de estar haciendo lo correcto. Lo necesario. Ya voy.
Escrito por La donna è mobile

10.11.05

CAPÍTULO 11, Azul - Egonauta



La tarde ya se había escondido entre los montes sin esperanza de regreso. El sol no era más que un lejano recuerdo de días pasados. El empedrado desgastado de la calle Poniente parece escupir el reflejo de las bombillas que se balancean agónicamente en las pocas esquinas donde lograron sobrevivir a los tirachinas de los zagales del barrio. Un silencio sin ecos se ha adueñado de la calle desde hace rato. Solo el entrechocar de algunos cacharros en la taberna de Juan se atreve a interrumpir, de vez en cuando, las ondas del silencio. Repentinamente, la puerta de la taberna de Juan se entreabre entre chirridos de goznes que, quizás, nunca conocieron la grasa. La luz de la taberna ilumina por un momento la acera, antes de velarse por la presencia de Andrés que atraviesa el umbral y cierra la puerta tras de sí. Su andar inseguro, calle abajo, se va afirmando a medida que se aproxima a su casa de siempre. Un entrechocar nervioso de llaves precede a la apertura ruidosa y violenta del portón. Andrés, sin detenerse a cerrarlo, sube al desván donde, como un molino de viento en día de tormenta, aparta viejos cachivaches hasta encontrar lo que busca. Agarra la vieja maleta y, sin sacudir siquiera las telas de araña y el polvo de años que la cubren, baja a su dormitorio, allí, vacía a puñados los cajones de la cómoda, hasta que, en un completo desorden, colma el hambre de siglos de la maleta. Después, como si en ello le fuese la vida, recorre el camino que le separa de la estación a grandes zancadas, pasos ya olvidados en el ayer de los tiempos. Y ahora, sentado en el andén de la estación, guarda el billete recién adquirido en un bolsillo de su chaqueta, y arrebujándose en su viejo abrigo, se protege del frío levantando el cuello del gabán cuyo revés de negro intenso, contrasta con los tonos desteñidos, raídos y pardos del resto de la prenda. Mientras las espirales de vaho entrecortadas que salen de su boca van empañando sus gafas, y a lo lejos se oye el silbido agudo de un tren que rompe la noche al acercarse, saca del bolsillo el recorte arrancado con prisas del periódico de Juan el tabernero, se coloca de manera que la luz del reloj de la estación ilumine mejor sus manos, limpia sus gafas frotándolas contra la manga y, una y otra vez, lee y vuelve a leer:

“Mujer que se pinta las uñas de rojo, busca hombre que vista de negro, y arranque la vida en un abrazo”.