12.12.05

CAPÍTULO 17, Los intrusos - DANIEL

Hospital de San Pedro
Informe de hospitalización

A requerimiento de la Junta Directiva, redactamos el siguiente informe en relación a los hechos acaecidos en la habitación número 223 en el día de ayer.
A primera hora de la mañana, una enfermera entró en la habitación y encontró a una mujer desnuda en la cama del paciente. Aunque le recriminó su acción, se limitó a indicarle que no era costumbre que las esposas de los enfermos durmieran con ellos. Poco después, en la sala de máquinas, mientras tomaba un café con sus compañeros, la enfermera comentó lo sucedido. El Jefe de Planta, que se hallaba entre los oyentes de tan chusca anécdota, enseguida, y con la agudeza tan habitual en él, sospechó que algo no encajaba. Dejó su café a medio tomar, se despidió con una excusa al vuelo y se encaminó con paso apresurado, como quien se dirige a una autopsia, a los archivos de Ingresos. Y efectivamente, sus sospechas se vieron confirmadas: el paciente no tenía esposa.
No queriendo provocar un escándalo público que sin duda habría perjudicado a nuestro querido hospital de San Pedro, el Jefe de Planta se dirigió al cuarto de Videovigilancia, en esta ocasión a paso lento, como quien se dirige a su butaca en un concierto que ya ha empezado. Una vez allí, activó las cámaras de la habitación 223. Le preocupaba que el encendido de las mismas pudiera despertar sospechas a los ocupantes de la habitación, pero constató aliviado, en cuanto le llegó el sonido, que el canto enloquecido de un pajáro al que identificó como un mirlo sin duda había ocultado el ruido de las cámaras.
Enseguida vio a la mujer mencionada por la enfermera y pudo darse cuenta de que aquella había olvidado mencionar el detalle de su belleza. Y mientras admiraba aquel cuerpo delgado y sensual, los acontecimientos se precipitaron: la puerta se abrió, unos geranios rojos entraron en el campo visual, el mirlo gritó con más fuerza, la mujer se levantó de la butaca, entró un hombre, se sucedieron diversas exclamaciones: “¡Celeste!”, “¡Soy yo Carlos!”, un gemido de la mujer, una sábana verde que cae, un abrazo, dos cuerpos que se buscan y se encuentran... Acontecimientos, en definitiva que es recomendable ver en el vídeo que se facilita junto a este informe.
Pasaremos también rápidamente por los sucesos que acaecieron a continuación; baste con decir que uno tras otro cayeron al menos un total de ocho besos, según pudo contar el Jefe de Planta gracias a sus conocimientos matemáticos. Pero es de notar que, a la altura del quinto beso, cuando las manos del intruso se deslizaban entre los muslos de la intrusa, el Jefe de Planta pudo observar que se producía una reacción en el enfermo y su corazón se aceleraba. Lo que es más extraño: el intruso también advirtió este hecho y redobló sus esfuerzos, recolocando al mismo tiempo a la intrusa, de tal modo que las nalgas de la susodicha entraran en el campo visual del enfermo.
Lamentablemente, el Equipo de Mantenimiento no había reparado la cámara 3 (enfocada sobre el paciente) y el Jefe de Planta no pudo observar si el enfermo tenía los ojos abiertos.
Dos besos más tarde, la intrusa tomó parte decididamente en la acción y se dispuso a desabrochar el pantalón del intruso. Sin duda, algo encontró allí que no le gustó, pues exclamó en un tono de reproche e indignación: “¡Tú!”.
El hombre se apartó, o quizá la mujer le empujó, y el Jefe de Planta pudo por fin admirar su cuerpo desnudo en un frontal impresionante, que, sin embargo, no le distrajo de su misión, y continuó observando los hechos con atención. El intruso, sin duda frustrado, se sentó en el borde de la cama y la intrusa comenzó a vestirse. Tuvo lugar entonces un diálogo o casi monólogo de la intrusa muy confuso, del que el Jefe de Planta sólo pudo entresacar algunas palabras, a la espera de que el Comité también intente decodificar la grabación, lo que resulta bastante difícil debido al dichoso mirlo que parece haber puesto su nido en nuestro querido Hospital.
De todo aquello se puede reproducir: “¿Tú? ¿tú?, ¿tú?” (repetido muchas veces); ¿por qué?, “asesino”, “ahora que....” “era tan feliz...”, “todo vuelve a ser tan confuso...”, “no, no, no...” (también repetido muchas veces).
En un momento dado el intruso se levantó y se acercó a la intrusa, que retrocedió hasta chocar con la pared, con tan buena fortuna que los dos quedaron apenas a unos centímetros de nuestras cámaras y micrófonos de videovigilancia. Eso permitió al Jefe de Planta escuchar con nitidez el siguiente diálogo:
El intruso: “¿Por qué huyes de mí?”
La intrusa: “Porque tú no eres ya el hombre al que amaba, sino un asesino”.
El intruso: “¿Llamas asesino a quien te ha salvado la vida?”
La intrusa: “No te creo, intentas confundirme”.
Entonces el intruso se alejó, pero poco después volvió a entrar en el campo visual, llevando ahora una maleta negra. La dejó encima de la cama y dijo en un tono ciertamente despectivo y ofensivo, como el de alguien que se siente herido por la falta de confianza: “¿Por qué no abres la maleta?”.
Y en ese momento, como era previsible, dada la imprevisión de ciertos Departamentos de nuestro querido Hospital de San Pedro, se acabaron las baterías del sistema de videovigilancia y el Jefe de Planta se quedó con las ganas de saber si la mujer abriría la maleta y qué encontraría en ella. Tan sólo pudo ver, como última imagen, que el hombre salía de la habitación y la mujer se quedaba allí sola con la maleta y con el paciente, cuyo ritmo cardiaco, por cierto, estaba en aquel momento al borde del colapso.

Firmado: el Jefe de Planta
Escrito por Daniel Tubau

5.12.05

CAPÍTULO 16, Ocho besos - Max de Sastre


Celeste, dijo Carlos. Y besó su mejilla rozándola apenas. Cuánto te he extrañado, Celeste. La estrechó con fuerza y suspiró profundamente. Era él. El primo de Andrés. Había olvidado el detalle. Qué caprichos tiene la memoria. Él había sido su amor adolescente. El primo que quedó huérfano y fue a vivir un año a casa de la familia de Andrés. Celeste... Ella le abrazaba y sentía la fuerza que su cuerpo adolescente le había prometido. Era él. Carlos acariciaba su espalda desnuda y la estrechaba con determinación. Apenas habían tenido tiempo de verse. Se habían abrazado nada más reconocerse y ahora Celeste sólo podía ver el hombro de una chaqueta y el cuello de Carlos. Celeste se sentía terriblemente confusa. Su desnudez y el tacto de aquella ropa dura que vestía Carlos la desconcertaban. Todo su cuerpo expuesto a aquella dureza. Celeste, no sabes cuánto he soñado contigo... Y yo..., yo te he buscado tanto, Carlos... pero... Las manos de Carlos subían por la espalda de Celeste mientras depositaba un segundo beso en su cuello. Celeste se estremeció y pasó una mano por detrás del cuello de Carlos. Los rizos duros de la nuca le produjeron un nuevo estremecimiento que la llevó a mirar los geranios rojos. Fue sólo un instante irracional, algo imperceptible. Carlos seguía acariciando su espalda de un modo cada vez más crispado, pero el tercer beso, junto al oído de Celeste, fue tan dulce que disipó aquella sombra tosca. Las manos de Carlos buscaron la cintura de Celeste y la rodearon con una fruición creciente. El cuarto beso de Carlos ya empezaba a tener intención. Y el mirlo chillaba enloquecido en el alfeizar de la ventana. Estrechando a Celeste casi desesperadamente, Carlos se apoyó ligeramente en la cama donde Andrés yacía inconsciente. En los escasos silencios del mirlo sonaba el zumbido eléctrico de los instrumentos que sostenían la vida de Andrés. Un zumbido débil que empezaba a ser tapado por la respiración agitada de Carlos y Celeste. En el quinto beso, Carlos volvió a la mejilla. Los rostros se estaban borrando bajo el torbellino del tacto. Pero aquel pelo de Carlos endurecido por la gomina... Una mano de Carlos se deslizaba dejando un dedo entre las nalgas de Celeste con una delicadeza tan sorprendente como la tosquedad de hacía unos instantes. En el sexto beso Carlos buscaba ya la comisura de los labios. Celeste miraba los geranios encendidos. Sus manos bajaron por la chaqueta despacio, algo en la cintura de Carlos le daba miedo. Celeste, Celeste, cuánto te he necesitado... Si hubieras estado conmigo... El mirlo chillaba en la ventana y la memoria de celeste hacía un torbellino que iba de sus dedos a los geranios. En el séptimo beso ya había labios de refilón. Carlos ya había olvidado el hospital y había olvidado a Andrés, por fin algo tenía sentido en su vida, a pesar del mirlo enloquecido. Las manos de Celeste llegaron a la cintura de Carlos. Este cinturón. Y los geranios. Y ese rostro entrevisto detrás de las flores rojas. Carlos besaba ya la boca de Celeste cuando las manos de ella llegaron desmalladas a su cadera enfundada en un pantalón de cuero y un escalofrío de pánico recorrió su cuerpo desnudo. Se sintió indefensa. Y por fin se miraron. ¡Tú!, dijo Celeste. Ahora ella lo sabía todo. Había sido él. Pero ¿por qué?

Escrito por Max de Sastre

2.12.05

CAPÍTULO 15, El primo Carlos - Ceshire


Sentada al borde de la butaca del Hospital de San Pedro y acurrucada bajo una manta verde, ella observa sin pestañear el cuerpo entubado de Andrés. Al observarlo así, lleno de agujas y plásticos; y ante la amenaza de que sea éste el perturbador preludio de su muerte; piensa que el amor que siente por él es un doloroso cáncer que le descabala el interior. Siente que no es justo que acabe todo ahora que conoce estas cosas. Ahora que sabe que no se recupera el pasado sin sacrificar el presente. Se siente culpable y llora. Se despereza de la butaca dejando caer la manta color verde a sus pies, agacha la cabeza, deshabitada de fuerzas, mira sus pies y recuerda a Mad. Se acerca a la cama donde descansa él y lo besa con un gesto triste. Luego toma sus manos inertes y se las pone en la cara, las pasea por su cuello, su pecho, su abdomen. -¿y si no despiertas?
¿qué? ¿y si no alcanzo a decirte? -En un instante que le parece eterno se quita una a una las prendas que la visten: primero la gabardina, luego la camisa, duda... pero cae la falda, y rueda por sus pies la ropa interior. Queda desnuda. -Conoce que te amo. -le dice mientras levanta la sábana que lo cubre y se enrosca a su lado como una antigua amante. Mientras siente que ha vivido esto antes, quizá en sueños, la mirada se le pierde en el paisaje de edificios detrás del ventanal de vidrio. Un hermoso atardecer anaranjado se cierne. Ella toma la mano de Andrés, la pone en su pecho y sin sospechar siquiera, se queda dormida.

***
Un mirlo se posa en el alfeizar de la ventana, levanta el pico graciosamente y comienza a cantar dulcemente. Ella despierta, mira el reloj, nota que ha amanecido. Asustada ve que una enfermera joven coloca algo en el suero de Andrés.
-No se supone que las esposas duerman en la misma cama que los pacientes.
Ella aprieta la sábana contra su pecho, quiere disculparse, decirle a la enfermera que ella no es la esposa, lo piensa mejor, qué decir, abre la boca, comienza a balbucear algo...
-Por hoy me haré de la vista larga, la corta la joven de blanco, y sin esperar respuesta se aleja cerrando la puerta tras de sí.
Ella se siente estúpida.

El mirlo continúa cantando, ahora con más ímpetu. Ella lo mira desafiante. Ahora piensa que los animales totémicos son mensajeros oscuros... -chú, vete, chú - le grita desde la cama tratando de asustarlo. El mirlo detiene su canto con dignidad, da varios saltos hacia al frente y le devuelve la provocación observándola fijamente. Por un segundo ella siente que es una con el mirlo, que se le ha metido el animal por dentro, y que desde adentro el mirlo quiere organizarle el pensamiento, mostrarle algo. Aturdida, se levanta de la cama, cierra la ventana y deja desparramar la cortina para no ver el pájaro. Al otro lado, retador, el mirlo continúa cantando, ahora sí, de mala forma. Ella lo ignora y cierra los ojos un instante tratando de recordar el rostro del criminal que acuchillara a Andrés. Había estado tan nerviosa durante el atraco, y todo había sucedido tan rápido que de aquél hombre ahora sólo recuerda una cosa: vestía pantalones de cuero negro.

-Es todo mi culpa... -murmura y se tumba desnuda en la butaca acariciándose los brazos, abstraída. Comienza a recoger del suelo su ropa y reflexiona en voz alta: -Para empezar, jamás debí escribir aquello de: busco hombre que vista de negro y arranque la vida en un abrazo. El destino me jugó una mala pasada; hallé exactamente lo que pedí encontrar, un hombre que me arrancó la vida de Andrés en un abrazo...

El mirlo deja de cantar y comienza a emitir chillidos histéricos. Ella se levanta de la butaca dispuesta a hacer callar al animal. Un hombre cuyo rostro queda oculto detrás de un arreglo de geranios rojos entra a la habitación como un bólido, ella se cubre como mejor puede con la manta verde. El hombre pone los geranios a un lado de la pieza y se derrumba junto Andrés llorando. Ella suelta un gemido de asombro al reconocerlo.
-Celeste -exclama el hombre al verla.
Pero ella no responde.
-Soy yo Carlos -continúa, mientras se acerca a ella. -el primo de Andrés -se explica.
Y le da un abrazo tan fuerte que ella no tiene otro remedio que dejarse abrazar, entregada y mansa como lo hacía en su sueño. Confundida atina a desordenarle el cabello tratando de conmemorar juegos infantiles. Le impide la laca en el pelo, la amenaza un recuerdo, un escalofrio la recorre, fuera el mirlo continúa chillando. Quiere decirle a Carlos que lo fue a buscar a la Calle Poniente, que pensó que lo había encontrado en Andrés pero las palabras la abandonan y no es capaz de decir nada.
-Cuanto te extrañé.... oye susurrar a Carlos.

Su sueño se ha cumplido.


Escrito por Ceshire